jueves, 29 de agosto de 2002

Manhiça

La baronesa está hojeando la guía de Sudáfrica. Está sentada descalza, con los pies apoyados sobre una silla del comedor de la casa que amablemente Ander y Gonzalo nos han facilitado para nuestra estancia. Ayer llegamos a Maputo a la hora estimada con todas las maletas íntegras y sin necesidad de explicar al agente de la aduana el contenido ni tener que mostrarlo tampoco. Mientras nos interrogaban sobre el motivo de nuestra visita, el funcionario hizo ademán de ir a abrir la que contenía productos no permitidos, pero al mencionar el hospital de Manhiça y el pediatra que nos esperaba en el aeropuerto acabó la inspección sin más controles.

Cuando accedimos a la zona de llegadas ya estaba nuestro amigo esperando. Junto a él y a Ander aguardamos al chófer que nos llevaría a Manhiça en un land rover básico. En Maputo también montaron tres personas más de origen hindú, cuyos nombres no recuerdo a pesar de haber sido presentados. En las casi veinticuatro horas que llevamos aquí nos han presentado a tanta gente que los nombres se traspapelan.

El trayecto final fue un tanto largo y tedioso, incómodo tras tantas horas de vuelos, pero divertido. Nuestro anfitrión intentó ponernos un poco al día de la vida en Mozambique:

- Esto es el mercado. Ni se os ocurra venir solos a esta zona.
- Estos furgones son el medio típico de transporte: las chapas. Ni se os ocurra montar en una chapa ni siquiera para un trayecto corto, son muy inseguras y sufren continuos accidentes...
Allí está el área portuaria, pero no os aventuréis solos por ella porque seguramente os atracarán.

También atravesamos al lado de un gran basurero, de un hospital psiquiátrico abandonado, entre otros lugares interesantes. En fin, todo maravilloso, como si fuera Beverly Hills.

Hacia las seis de la tarde arrivamos al Centro de Investigaçao em saude, donde al fin pudimos descansar un rato, cambiarnos de ropa y prepararnos para salir a cenar, con Luis, Ander y Gonzalo. En Laurentina, que es el único restaurante de estilo occidental en cincuenta kilómetros a la redonda al menos, comimos carne (­leitao y frango­) y pescado (lulas, peixe),­ y bebimos cerveza. La baronesa prefirió agua embotellada. Tras la cena seguimos con cerveza en la discoteca del pueblo. Léase aquí discoteca como el lugar donde al parecer se viene a bailar el fin de semana.

El dueño y relaciones públicas tomó fotos de los distintos grupos de lugareños y visitantes que disfrutaban del local. En nuestro grupo mixto un jóven nos relató su experiencia en Cuba. Ahora, con veintisiete años, mujer e hijo, tenía mucho interés en viajar a España a continuar sus estudios.

La vuelta a casa ayer para mi, para el barón, fue un verdadero tormento. Mis pies se entrerraban en la arena que cubre todas las calles y aceras del pueblo y mi nariz estaba congestionada. No obstante dimos un rodeo para visitar el mirador sobre el río. No se veía gran cosa. Seguramente con la luz de la mañana tendremos un mejor paisaje.

Hoy, después de un ligero desayuno, con ibuprofeno para mi inflamada garganta, volvimos al mirador para luego visitar la vega del río Nkomati. Se extiende una gran llanura con plantaciones de caña. Algunas hogueras puntuales y luego zonas boscosas en el los límites. En la época de lluvias, hace dos años esta zona quedó anegada y podía atravesarse en barca. Los meandros del Nkomati albergan, además de los habituales esquistosomas que invaden las vejigas urinarias de visitantes incautos, a hipopótamos según nos cuentan pacientes del hospital de Manhiça, aunque no se vean demasiados. La explicación para muchos vecinos es que estos paquidermos tienen branquias para respirar largas temporadas en el agua.

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