martes, 27 de agosto de 2002

Parte de guerra

En el avión, acaba de despertarnos el aeromozo más apuesto de la tripulación de cabina con una toallita caliente y un vaso de agua fría con polvos, léase "tang" y, eso sí, una bonita sonrisa. El niño hiperactivo que hacia las doce de la noche decidió venir a ocupar el asiento que estaba vacío, entre el barón y su madre, acaba de despertar también, se ha bebido de un trago el vaso con refresco y ya está con el videojuego. Durante las cuatro primeras horas de este miércoles el vecinito mostró su completa colección de tics, codazos, pataditas, espasmos, requiebros y quejidos. El barón, mientras sintonizó Spiderman en su pantallita particular, pudo soportarlo medianamente. Luego la cosa se puso mal. La baronesa daba vueltas en su asiento al otro lado del pasillo. No lograba encontrar la postura ideal. No sabía que es IMPOSIBLE descansar en un vuelo con NIÑOS.

Ante la imposibilidad francamente realista de no pegar ojo en toda la noche el barón decidió volver a conectar sus audífonos, recibir una nueva lección de inglés de la mano de Robert de Niro y Eddie Murphy y tragarse Showtime, telefilme de baja calidad, por clasificarlo de algún modo. Casi al principio de la emisión, un rayo de luz se vislumbró: cuando el barón apartó los ojos de la pantalla por primera vez comprobó que tanto la madre como el hijo habían desaparecido. Cuando regresaron de la parte trasera del avión, se cambiaron de sitio y la madre pasaba a ocupar el sitio a la izquierda del barón, alejando a la inquieta criatura por fin lo suficiente para poder descansar. No obstante, siguió visionando la película mientras se dormían sus vecinos.

La baronesa estaba dormitando por los efectos de un orfidal. Ahora, tras el desayuno, el vuelo transcurría ya sobre tierra sudafricana, el barón oía música clásica y la baronesa volvía del baño, tras haber ingerido un ibuprofeno. La baronesa confiaba en la química para resolver sus problemas, como Liz y como Liza.

  

Al fin estamos ya en Johanesburgo. Hemos encontrado un área de fumadores en el aeropuerto y fumo un pitillo tras un desayuno adicional para hacer tiempo. Yo estoy un poco contrariado pues la baronesa me reprocha que voy flirteando con cada súbdito sudafricano que nos encontramos: el aeromozo primero, el agente del control de pasajeros después, y quién sabe con cuántos más en las próximas horas de espera. Por cierto, uno de los barman que atienden la barra se acicala periódicamente en una de las vitrinas espejadas de la cafetería. He ido a cambiar cien euros y he recibido casi mil rands. Pagamos dos cafés un zumo y un cruasán con treinta rands: barato, barato. La cerveza corre en esta mañana de viernes sudafricana en este aeropuerto. El día es agradable aquí en Johannesburgo. Seguramente muy cerca de aquí un montón de compromisarios estará trabajando en la Cumbre de la Tierra. Todos los consejos que recibimos de esta ciudad por parte de amigos y conocidos nos aperciben de la inseguridad de sus calles. No creo que lleguemos a comprobarlo, pues no saldremos del área aeroportuaria. Y en un aeropuerto todo es estándar, como en cualquier aeropuerto, excepto que en la silla de escay rojo en la que me he sentado casi quedo pegado. Necesito un afeitado y ropa limpia. La ropa tendrá que esperar. Puedo intentar afeitarme en uno de los baños.

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